Pizarro: sangre, sudor y muchas lágrimas

Por: Federico Ruiz Tirado

Cuando comencé a escribir esta nota, recordé –quizás no por casualidad- una sentencia a quema ropa y en modo interrogativo que me hizo algunos años una amiga sobre Capriles Radonsky. Me interpelaba en colectivo sobre cómo fue que los chavistas permitimos que este sujeto nos hablara de tú a tú, tan cerca a la cara, como aquel moderador de televisión, después diputado, Miguel Ángel Rodríguez, que chisporroteaba de saliva y  sin pudor los rostros de sus entrevistados, cada dos o tres frases que rabiosamente gruñía para enfatizar su desprecio por el Otro, y en particular por el ideario de Hugo Chávez.

-Anda alebrestado –fue lo que alcancé a decirle de aquel Capriles famélico que a duras penas exhibía un discurso sin contrafuertes y que, entre sus iguales, buscaba alcanzar la cresta de la ola de la antipolítica, como un ejercicio un tanto sicopático de parecerse precisamente a lo que no era, valiéndose, como lo hicieron los otros afiliados a esa corriente de sello puntofijista, del poder económico, la parentela, los de la saga de apellidos, los amaños petroleros que forjaron la  Venezuela de los grandes negocios.

-Es uno de los parientes de los hijos de los amos del valle –dije a mi amiga. Un Capriles, que unido a una Machado Zuloaga o Pocaterra, lograron que un López atrajera a un Borges y con ellos a un cheque tan dadivoso, que les permitió fundar otra secta, Primero Justicia, inspirada en las fuentes sobrevivientes del conservadurismo de Arístides Calvani o Rafael Caldera: una nueva Tradición, Familia y Propiedad que comenzó a desplazarse en el terreno de juego y a pavonearse en la película que fue haciéndose, a veces en cámara rápida, otras en cámara lenta, desde el Pentágono, el Comando Sur, la CIA y otros laboratorios esparcidos en el mundo desde la llamada guerra fría.

No hubo más preguntas ni más respuestas, sólo una retahíla de sucesos que iban desde aquel episodio de un ganadero rompiendo en TV la Ley de Tierras, pasando por los intentos de magnicidios, el auge de los medios de comunicación privados en esa ofensiva “renovada” del neoliberalismo, hasta el golpe de estado del 2002 y secuestro de Chávez por las cúpulas eclesiásticas, empresariales, sindicales y unos militares sin tropa. En esa arquitectura criolla del fascismo  siempre aparecía Capriles, y siempre aparecerá, porque individuos como él nunca se van totalmente al fondo de la negra caja. Cómo se puede desestimar el campo mental –y por lo tanto verbal- de un carnicero del idioma como él. ¿Cómo olvidar ciertos aspectos de su vida que son vértebras de la cultura venezolana; de aquella novia que paseó en público –actriz ella, bastante animadora ella- para que la farándula de baja ralea le sobara su ego? De Capriles siempre se supo todo, hasta la buena leche que tuvo cuando logró tomarse un cafecito en la esquina de San Francisco en su corto tiempo como Vicepresidente del Congreso. Y lo que no se sabe se sabrá porque él ya dijo todo lo que uno quiere o puede imaginarse. Y Chávez –con pena ajena- siempre lo supo, y por eso no le dio mucha bola, como dicen los argentinos, aun cuando todavía siga siendo inexplicablemente gobernador de Miranda.

Pero y Pizarro qué? De él se sabe mucho, pero también es bastante lo que él quiere que ignoremos. Hay un cofre de cosas, una caja negra de cosas y casos de Pizarro; hay unas fotos extraviadas en la vorágine de las redes. Unas entrevistas donde habla mucho para no hablar de nada acerca de sí mismo. ¿Qué oculta? Se sabe de su pasión ideológica por el tatuaje. Tatuada tiene hasta el alma, no sólo la piel y hay otra entrevista donde habla y no habla sobre lo que a políticos “estrellas” les gustaría hablar. “Yo no sé muy bien de dónde salió ese sujeto”, le dije a mi amiga recientemente. Pero, al parecer, terminó siendo el monstruo que se le escapó de las manos a la derecha venezolana. Y es por eso que el juego comienza a destrancarse, como dicen en criollo. Pizarro, de algún modo, tiene la original o la copia de la misma llave que ocultaba Luisa Ortega Díaz.  Tiene, además, todo el porte de parecerse, por ejemplo, a Almagro. ¿Quién es el verdadero diablo que nos quiere atropellar antes de que lo coja el día? Vaya uno a saber en cual casilla ubicarlo, sí en la tolda de quienes creen ciegamente en castillos en el aire, o en la esfera de quienes los construyen, o, si, finalmente, en la peligrosa instancia de quienes cobran la renta por hospedarse en la nada fascistoide de esos fantásticos castillos y psicopáticos.

He visto al Pizarro del vídeo que mostró el Vicepresidente, ese donde llora y se muestra bastante perturbado, como si (¿dramatizara?) una crisis emocional para hacernos creer que tiene un corazón piadoso y no es un tipo de sangre fría. Dice un amigo mío psiquiatra que los de este tipo (los de sangre fría) son capaces de inventarse hasta su propio perseguidor, tal como lo hizo la derecha con Chávez: una manera -“eficaz”- de sembrar en el imaginario de las familias de clase alta que Chávez representaba la llegada del comunismo, que les iba a quitar todo y así mantenerlas atemorizadas y perseguidas por la paranoia y el terror de que alguien iba por fin a meterse con la propiedad privada con hijos y todos los accesorios.

A  mi me resulta curiosa la cautela con la que este personaje maneja su novela familiar y sus antecedentes existenciales. No es acaso sorprendente que en plena guerra, siendo él lo que es, se dé el lujo de no explayarse en sus estudios; dónde y con quién los hizo, que amistades cultivó para llegar al parlamento; una vez dice que el Padre fue guerrillero sin decir dónde militaba; otra que aquí en Venezuela en los 70, 80, y 90, fue de izquierda y le echó tiros a la IV república, pero no dice dónde militaba; y en otra que el Papá era sindicalista. Afirma que el abuelo -no sabemos si paterno o materno- era de los “edecanes civiles” de Allende y que su familia se exiló cuando el golpe. Tiene 3 hermanos, pero él es el único hijo de ambos padres: por ahí asoma un fenómeno digno de ser evaluado por la psiquiatría política. Edipo prófugo encubierto en tatuajes; no tiene novia, ni hijos, ni amigos, ni música ni banda. Da a entender que la Mamá, empleada del Senado, “tenía profundas diferencias con Chávez”, es decir, que lo trataba de tú a tú.

Todo un galimatías diría CAP. De dónde nos salió este Frankenstein, me pregunto por ahora? Las señas de su identidad las tiene él mismo y bien guardadas.

De cuál laboratorio se fugó o lo dejaron escapar?