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La repentina inutilidad de la verdad

El experimento conspirativo en marcha en Venezuela alcanzó esta madrugada uno de sus abismos más infectos, con el ataque al hospital Materno Infantil “Hugo Chávez” en El Valle. Primero fue el ataque físico a la gente e instalaciones, y después (en este preciso momento) la activación de la maquinaria propagandística que se ha desatado a culpar al Gobierno por el ataque. Ya va: ¿tú crees que DE VERDAD hay idiotas, güevones, comemierdas, lesionados del cerebro; alienados, burras inmundas capaces de creer que el Gobierno atacó un hospital para ganar popularidad? Pues créelo. Asómate en medios digitales y redes, para la oreja en las calles y allí verás algunos de estos especímenes en acción, rodando y analizando largo el asunto, así con voz de tremendos conocedores de lo que está pasando en Venezuela. Los bichos existen, y son el caldo de cultivo donde el antichavismo está intentando germinar un desborde de violencia.

Ya el medio digital La Patilla, el más visitado y acariciado por el fascismo, culpó a “los colectivos” de esos desmanes. La narración de la fábula es más o menos así: “Un montón de vecinos salió a protestar pacíficamente en El Valle, y entonces el Gobierno le ordenó a la Guardia y a los colectivos ametrallarlos y rociarles gas lacrimógeno, y de paso arremeter contra el Hospital Materno Infantil para reprimir la protesta y mantenerse en el poder”. Así, facilito y sin contemplaciones, el antichavismo en pleno, sintetizado en los desmanes “informativos” de un portal de propaganda, agarra una noticia y la convierte en un cuento gafo dirigido a que un montón de güevones que, increíble pero evidentemente, están dispuestos a creer cualquier mierda que le digan si esa mierda les ayuda a verbalizar su rabia contra el Gobierno.

El resto de la película de esta madrugada vino matizada con leyendas urbanas más o menos graciosas, más o menos épicas: que en el 23 de Enero hubo un Caracazo, que en Miraflores encendieron las luces antiaéreas (las luces eran un artificio publicitario en la plaza Diego Ibarra, por el Festival Internacional de Teatro), que El Valle en pleno bajó a enfrentarse a “la fuerza armada de la dictadura” y a tal efecto rodeó y atacó el Fuerte Tiuna. Purita novela que no cogió más calle porque, sencillamente, incluso los enfermos de antichavismo crónico necesitan dormir y nadie va a estar pegado del tuíter (ni atacando con cacerolas y jazmines al Fuerte Tiuna) hasta que amanezca.

Las evidencias de que “esto” que ocurre hoy en Venezuela no guarda ninguna relación (léase bien: NINGUNA) con aquel 27 de febrero son tantas que no vale la pena enumerarlas, pero es importante rescatar al menos esta: en 1989 sí hubo represión criminal contra un pueblo que sí salió a las calles desarmado y en clave pacífica, aunque desesperada: el pueblo atacó la propiedad pero no atacó a los propietarios. El pueblo de Venezuela, desarmado, fue ametrallado salvajemente por razones mucho menos graves que las que anoche se suscitaron en El Valle.

Esta madrugada en El Valle grupos minoritarios de criminales, muy probablemente coordinados por los partidos y facciones de la conspiración, salieron a disparar armas automáticas y a saquear con la esperanza de que la mayor parte de la población de El Valle y de los barrios de Caracas saliera a hacer lo mismo. Pero la fantasía de ver “bajar los cerros” para defender el golpe de Estado se vio frustrada, otra vez: los saqueos fueron perpetrados por los grupos de provocadores y nunca hubo pueblo desbordado siguiéndolos ni imitándolos.

Mientras esa puesta en escena cobraba forma monstruosa en las redes y en las calles cercanas al epicentro del experimento, en más del 99% del territorio venezolano la gente estaba descansando, continuando su vida, haciendo lo que siempre hace, con su angustia pero con sus ganas de vivir en paz; con ganas de que la dejen vivir. Pero, para efectos de la verdad, ya no hay mucho que hacer: ese menos de 1 por ciento de agitación ya se instaló en el exterior con el rótulo “Arde Venezuela”. Creen los habitantes de allá afuera que Venezuela es una gigantesca conmoción y que la gente anda ansiosa por quitar al presidente para poner a un empresario, adeco o Guevara cualquiera, y que en respuesta el Gobierno está masacrando masivamente a la población para ganarse su simpatía (¿¡!?).

Amanecemos de pronto, entonces, verificando lo inútil que resulta la verdad a la hora de decirle a cierta gente “Mira mami, créele más a lo que estás viendo que a lo que te están mostrando por internet”. Decirle la verdad a la gente funciona la mayoría de las veces, pero ya esa instrucción no es posible con alguna: el que ya decidió declararse enfermo y jodido seguirá propagando su enfermedad y su jodidez, hasta que suceda algo como lo que pasó en 2014: cuando las guarimbas y trancas de urbanizaciones declararon su éxito fue porque los grupos más violentos, los que tienen entrenamiento militar y estructura organizativa que los apoya, lograron apoderarse de calles enteras que se convirtieron en el reino de la basura y los criminales organizados. Las urbanizaciones de clase media alta consideraron “eso” un triunfo hasta que la basura empezó a oler a mierda. Y hasta que los superguarimberos, los héroes y paladines, empezaron a cobrarles peaje a los vecinos para poder continuar con el show.

Es evidente y notorio que el fascismo organizado se está preparando para ejecutar en breve una masacre contra su propia gente. Tal vez ya la esté perpetrando en cámara lenta, pero no estamos hablando de eso: estamos diciendo que dentro de poco pudiera haber un ataque despiadado de “sujetos desconocidos” y habrá un montón de muertos. Tal como en Libia y en Siria, la maquinaria propagandística ya está aceitada y lista para decir que esa masacre la perpetraron el Gobierno y “los colectivos”. Ya muchos andan recordando aquellos presuntos ataques con gas letal y aquel ficticio bombardeo de una marcha de ciudadanos por parte de la aviación. Les saldrá relativamente fácil el ensayo, por una razón: la gente que va a ser asesinada YA DECIDIÓ CREER QUE EL GOBIERNO ES QUIEN VA A ASESINARLA. Un puñado de personas, de las docenas que salen a las calles a generar algún disturbio, seguramente lo hace ingenuamente convencida de que sí, en efecto, su lucha es por la libertad. Alguien debería o debió haberles explicado que toda esta tramoya sólo tiene por objeto apartar a un grupo del poder e instalar a otro. Pero ya eso no importa, ya es inútil: los que van a ser sacrificados para que los empresarios de Venezuela intenten apoderarse del país ya han sido escogidos.

Sentencia y pronóstico: con esta arremetida el antichavismo logrará crear alguna sensación de caos, pero aun así TAMPOCO logrará derrocar al Gobierno de Venezuela.

Alerta entonces aunque sea ustedes y nosotros, los que tuvimos la suerte de ser bien formados e informados, y que somos lo suficientemente pendejos para seguir intentando decirles la verdad a los que ya decidieron creer la mentira. De nosotros depende, aunque sea en ínfima medida, que la desesperación no se apodere de las calles.

Por: José Roberto Duque