Grito llanero, de @Pegeniev El chaleco de Fidel

Por: Pedro Gerardo Nieves

Para no repetir cuentos, lo haremos corto. En 1979 Fidel viaja a nueva York y un periodista le inquiere: “¿Siempre está protegido con su traje?”. Fidel riposta: “¿Cuál traje?”. El periodista explica: “Todo el mundo dice que usted tiene un chaleco a prueba de balas”. El Comandante Fidel -desabotonándose la camisa verde oliva y mostrando su pecho sin ningún chaleco- le responde tronante: “Voy a desembarcar así en Nueva York. Tengo un chaleco moral; es fuerte, ese me ha protegido siempre”.
Así, sin chaleco, desnudo como un mortal más, se fue de este mundo ante un imperialismo perplejo que había tratado casi 700 veces de matarlo a través de las más creativas y patéticas maniobras. Así también, los desheredados del mundo, como los llama Salim Lamrani, o los perdedores, como los llamó Eduardo Galeano, (ya Cristo los había llamado la sal de la tierra), dimos la despedida a un bienhechor de la Humanidad que, si no fuera por su rigor científico, su vigor vital y su amor desprendido hubiéramos catalogado como “un ser de otros mundo (…) un animal de galaxias”, como lo canta el bardo Silvio Rodríguez.
Pero no. Era Fidel huesos, carne, sangre, cabellos y dientes de pura sustancia humana, pero en grado sublime. Fue, es, sin lugar a dudas, la personificación del eslabón más avanzado de la raza humana por sus virtudes y aún sus defectos denotan una superioridad, ante todo, moral.
Porque -volvamos al chaleco- es la moral, su razón y ejercicio quien define la grandeza de Fidel. Una moral desmesurada, descomunal, que generó incluso el milagro del respeto de sus más acérrimos enemigos. Una moral, que por lo auténtica, le generó transparente coherencia entre su ser, su conocer y su actuar y brotaba reverbereante de un discurso que era a su vez palabra y obra.
Era una moral inteligente, como debe ser la moral de un líder, y no ningún pastiche ideológico seudoreligioso, determinista ni supremacista. Era un comunista.
Esta moral lúcida le permitía a Fidel el ejercio praxeológico en una sintonía total con la concepción de Marx y Engels del desarrollo humano contenida en la inmortal obra La Ideología Alemana:
“…El comunismo no es un estado que debe implantarse, un ideal al que ha de ajustarse la realidad. (…) llamamos comunismo al movimiento real que anula y supera al estado de cosas actual…”.
Por eso no es poca cosa que este hombre dialéctico, suerte de nuevo Prometeo, sintetice para las masas un concepto de Revolución que, más allá de su redondo y hermoso contenido, se constituye en una hoja de ruta para la raza humana ante los mil peligros que la acechan:
“Revolución es sentido del momento histórico; es cambiar todo lo que debe ser cambiado…; es emanciparnos por nosotros mismos y con nuestros propios esfuerzos…; es defender valores en los que se cree al precio de cualquier sacrificio…; es no mentir jamás ni violar principios éticos; es convicción profunda de que no existe fuerza en el mundo capaz de aplastar la fuerza de la verdad y de las ideas…, es luchar por nuestros sueños de justicia para Cuba y para el mundo, que es la base de nuestro patriotismo, nuestro socialismo y nuestro internacionalismo”.
Es esta declaración un manifiesto moral y una directiva política. Es también el ejercicio de una humanística profesión de fe y esclarecimiento intelectual.
Y no diremos en judeocristiano homenaje “allá donde esté Fidel”, porque este ser humano que se hizo superior por igualarse y entregar su vida a los oprimidos vive, cultiva y se hace idea viva en todos los pueblos del mundo.