Grito llanero, de @Pegeniev Existe vida después de la perrarina

Por: Pedro Gerardo Nieves

I

La estampa no puede ser más llanera, y cruda. El capador lidia con el brioso caballo que se resiste a ser mutilado. Con desganada crueldad el llanero toma los grandes testículos del caballo y ¡zuás! maniobra con su puñal de matarife para quitar las bolas grandotas al animal. Este relincha de dolor mientras una jauría de perros espera el festín. Como orgánico proyectil, el testículo vuela raudo mientras gotea sangre. De pronto, en el aire, es capturado por la boca del perro más grande quien, atorado en un principio, lo engulle.
II
Como carne asada en una finca de gente adinerada. Mastico sabrosamente el palo e´ costilla y trago la grasa placentera que saboriza la carne. Queda un pedacito de manteca que tiro a un peluqueadito perro quizás llamado Fifí. ¡Coooooñññooooo noooooo! ¿Tú eres loco?, me espeta la hija de los hacendados. Mi perro no puede comer grasa, cómetela tú, me dice la niña llena de ira. Yo, me siento como un perro.
III
El granero donde solía comprar caraotas para comer con tropezones de chicharrón, garbanzos para echarle al mondongo con chorizo de los callos a la madrileña y maíz para alimentar a los pollos y sus madres picatierras, se ha transformado. Vende solamente alimentos para animales terminados en “ina”: perrarina, gatarina, pollarina y pare usted de contar. Los empaques muestran a felices y extranjeros perros y gatos con niños catires en bucólicos paisajes foráneos o reeditando en versiones impresas las proezas de volar y hacer vainas raras como aparecen en los spots de televisión. “Es más negocio vender perrarina para los nuevos ricos que maíz para los pollos de los productores quebrados”, me dice Irene, la dueña del tarantín.
IV
Hace ya algunos años un desgreñado y ocioso creativo londinense anunció urbi et orbi que a tal hora, el día tal, del mes tal, sería transmitido el primer comercial de televisión especialmente dirigido a perros y gatos, patrocinado por la marca tal, por lo que invitaba a sus propietarios a poner los animales ante la tv. Yo me pregunto si un comercial para perros y gatos no debería ser creado por ellos mismos y me ladillo de tanta ociosidad. Aunque no soy ningún cráneo, sé que la trampa estaba en que mientras los cándidos dueños ponían a los atónitos animales ante la tv, ellos veían la vaina y salían, pendejamente, a comprar el alimento para animales.
V
Mi pana vecina, animalista de uña en el rabo, ataja en el aire el hueso de pollo que su sobrino de Los Rastrojos; Estado Barinas, ha lanzado con llanera solidaridad al perrito criollo que cría. “Mire Ramoncito: el hueso de pollo puede perforar los intestinos de mi perro, y si se me muere el bichito, yo lo mato y me muero”, dice la dama con cariño y firmeza. Acto seguido Ramón, que no es un pobre perro, se faja a discutir con la mujerona y finaliza diciendo que en su fundo del monte los perros comen de todo y que de lo único que se pueden morir es de hambre, si no comen. Los ladridos van y vienen.
VI
Como niño tuve una perra en la Barinas de ayer donde había pobreza y necesidad por todos lados. Imaginen que si en la casa pelábamos bolas y comíamos medido, nuestra perra llevaba rosca de la buena y pasaba hambre. Sin embargo, en su perruna libertad y alegría me acompañaba fielmente a la escuela. En el Parque La Carolina los zutes llaneritos hacíamos la parada para comer sus dulces mangos. Y que me lleven preso si no me creen: pero más de una vez vi a mi hambrienta perra comiendo mangos.