El Padre Bolívar en su natalicio: discurso del general de división @roquecarmona

DISCURSO PRONUNCIADO POR EL GENERAL DE DIVISIÓN ROQUE GUILLERMO CARMONA NIEVES CON MOTIVO DEL 233 NATALICIO DEL LIBERTADOR SIMÓN BOLÍVAR EN LA CIUDAD DE SANTA BÁRBARA, MUNICIPIO “EZEQUIEL ZAMORA” DEL ESTADO BARINAS, EL 24 DE JULIO DEL AÑO 2016

¡Pueblo zamorano!
¡Noble pueblo zamorano!
Como un hijo peregrino que regresa a su lar nativo, en este día luminoso, de gran significación patria, vengo humildemente a dirigir mis pensamientos al noble pueblo que guarda en mi corazón y en mis afectos un lugar de amoroso privilegio.
Vengo a Santa Bárbara, cuna de mis afectos de hombre y mis recuerdos de soldado, a mirar las caras de esta gente tesonera, trabajadora, solidaria y esclarecida que, llena del espíritu bregador de la sierra y del carácter indómito del llanero, han construido con trabajo y voluntad un municipio que destaca y brilla no sólo en el Estado Barinas, sino en toda nuestra amada República Bolivariana de Venezuela.
No en vano el nombre del municipio honra a Ezequiel Zamora, nuestro general de las “Tierras y hombres libres” que asumió la tarea justiciera y libertaria de continuar el legado de Bolívar hecho campesino, hecho producción agropecuaria, hecho soberanía, hecho Patria.
Vengo también cubierto con el manto rojísimo de nuestra venerada patrona Santa Bárbara Bendita, “que trae el sol y el trueno quita”, que ha protegido y bendecido a este soldado piloto de las emboscadas meteorológicas que planta la fatalidad. Señora del fuego, del rayo, del trueno, de la guerra, del baile, la música. Señora venerada de este pueblo a quien protege y guarda celosamente en la fe de nuestro Señor Jesucristo el Redentor.
En Santa Bárbara, en el municipio Ezequiel Zamora, inicié como joven subteniente piloto la carrera de las armas que escogí para defender mi Patria. Pasado el tiempo en servicio por distintos estados, volví a Zamora, ya como comandante de la Base Aérea Destacamento de Apoyo Aéreo Nro. 1, para cerrar un círculo vital que me arraiga, como un nativo más, a esta noble tierra y donde desarrollé las competencias para el cumplimiento de cada vez más complejas tareas castrenses que hoy me acreditan como General de División de la Guardia Nacional Bolivariana, honroso componente de nuestra gloriosa Fuerza Armada Nacional Bolivariana.
Más temprano que tarde una zamorana, mi esposa Inés Cecilia, me haría cautivo de las dulces telarañas del amor, hoy bendecido con 2 hijas, Silvia Daniela y Bárbara Inés, quienes han provisto mi vida de infinitas alegrías y satisfacciones.
Ha sido el municipio Ezequiel Zamora un continente de amor, creatividad y superación patriota. Por eso, con la humildad tan propia de nosotros los campesinos, vengo a rendir un homenaje sincero y transparente a este pueblo hermoso que hoy me confiere el honor de escuchar estas cavilaciones reflexivas.
¡Gracias, pueblo de Zamora!
¡Gracias por habernos encaminado por la felicidad y la virtud!

Pero la fecha de hoy, la importante efeméride que celebramos exige un nuevo estadio de razón intelectual y pasión patria. Hoy nos congregamos para celebrar el nacimiento en la Caracas mantuana, hace 233 años, de un niño que lleva por nombre Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar Ponte y Palacios Blanco, que pasaría a la posteridad inmortal como Simón Bolívar, el Libertador.
¿Qué se puede decir de la excelsa figura del Libertador Simón Bolívar que no se haya escrito ya en insondables ríos de tinta vertidos por esclarecidos autores? La tarea es descomunal, por no decir imposible: Simón Bolívar encarna las virtudes heroicas de los seres humanos superiores, que aún incluidos en el panteón de los inmortales, siguen aún después de fallecidos liberando pueblos con su espada de ideas.
Hemos de decirlo con toda responsabilidad, pero también con todos los argumentos: no hay, salvo Jesús de Nazareth, un sujeto histórico que haya prestado sus luces y fuerzas para el avance del género humano hacia estadios de superación y redención como nuestro Libertador Simón Bolívar.
Simón Bolívar es uno y es múltiple como sujeto dialéctico. Es Simón Bolívar la síntesis perfecta y el desarrollo encarnado del Hombre Adelantado, del Hombre Nuevo que preconizaba el Ché Guevara.
La BBC de Londres eligió al Libertador Simón Bolívar como el Americano más prominente del siglo XIX, documentando muy someramente sus hazañas, mencionando sólo fugazmente el cuerpo doctrinario y la producción de ideas políticas que hoy los venezolanos estamos encargados de llevar a cabo en cumplimiento de su legado infinito.‬
Dice el texto de la BBC que:
“Con sólo 47 años de edad Simón Bolívar peleó 472 batallas siendo derrotado sólo 6 veces, participó en 79 grandes batallas, con el gran riesgo de morir en 25 de ellas, liberó 6 naciones, cabalgó 123 mil kilómetros, más de lo navegado por Colón y Vasco de Gama combinado, fue Jefe de Estado de 5 naciones, cabalgó con la antorcha de la libertad la distancia lineal de 6.500 kilómetros. Esa distancia es aproximadamente media vuelta a La Tierra, recorrió 10 veces más que Aníbal, 3 veces más que Napoleón, y el doble de Alejandro Magno. Sus ideas de libertad fueron escritas en 92 Proclamas y 2632 Cartas. Lo más increíble, que muchas de ellas fueron dictadas de forma simultánea y en diferentes idiomas a distintos secretarios. Lo más importante es que el ejército que comandó nunca conquistó… Sólo liberó…”
Extraordinario, sin lugar a dudas. Pero que nos perdonen los sesudos documentadores de este medio de comunicación internacional, pero se quedaron cortos: Podemos afirmar que Simón Bolívar fue el guerrero más bienhechor de toda la historia de la Humanidad y su título de Libertador lo resume a la perfección.
Pero este héroe que transitó los caminos de la muerte, la ingratitud y las dificultades, no fue, como lo diría el cantautor Silvio Rodríguez “un ser de otros mundo” ni “un animal de galaxias”. Era Simón Bolívar un hombre de carne y hueso, pleno de sustancia humana, que se irguió para construir la patria donde esta no existía.
Nacido de familia mantuana poseedora de bienestar material, muy pronto el Bolívar niño habría de conocer la desgracia al quedar huérfano de padre y madre antes de cumplir los diez años. No en vano ese gigante en su adultez no vaciló en formular decretos en protección de la infancia desvalida.
Dando tumbos de orfandad, conoció un el joven Bolívar a un faro luminoso con el que desarrollaría una entrañable relación de por vida, y a quien le dedicaría unas carta llena grato contenido poético, el 19 de enero de 1824, ya coronada la gesta libertaria con la Batalla de Carabobo en 1821.
Escribe así el Libertador a su maestro don Simón Rodríguez, conocido también como Samuel Robinson:
“…Usted formó mi corazón para la libertad, para la justicia, para lo grande, para lo hermoso. Yo he seguido el sendero que Usted me señaló. Usted fue mi piloto aunque sentado sobre una de las playas de Europa. No puede Usted figurarse cuán hondamente se han grabado en mi corazón las lecciones que Usted me ha dado; no he podido jamás borrar siquiera una coma de las grandes sentencias que Usted me ha regalado. Siempre presentes a mis ojos intelectuales las he seguido como guías infalibles. En fin, Vuestra. ha visto mi conducta; Vuestra merced. Ha visto mis pensamientos escritos, mi alma pintada en el papel, y Vuestra merced no habrá dejado de decirse: todo esto es mío, yo sembré esta planta, yo la regué, yo la enderecé tierna, ahora robusta. Fuerte y fructífera, he aquí sus frutos; ellos son míos, yo voy a saborearlos en el jardín que planté; voy a gozar de la sombra de sus brazos amigos, porque mi derecho es imprescriptible, privativo a todo…”
Era tal la densidad de alma y sabiduría que había transmitido el maestro Rodríguez a su antiguo pupilo, que como equipaje vivo fue ensanchándose dentro del genio del muchacho. Así, a los 16 años viaja a Europa, vagando como joven rico, a conocer la pompa de las cortes del viejo continente.
Aprende en Europa idiomas, se hace esgrimista y bailarín aventajado, frecuenta cortes y salones de tertulia, se forma en ciencias puras y humanísticas. Hasta que, prometiendo una redentora felicidad en el huérfano joven, aparece el amor encarnado en la española María Teresa del Toro y Alaiza, una agraciada damisela que habría de robarse el corazón de Simón.
De tal manera que ante el milagro del amor, el 26 de mayo de 1802 contrae nupcias con María Teresa a pesar de contar Bolívar con tan sólo 20 años de edad y ella 21. El matrimonio llega a Venezuela y se instala en la casa de la esquina Las Gradillas, cerca de la Plaza Mayor de Caracas.
Pero ¡oh fatalidad! El 22 de enero de 1803 muere la delicada María Teresa, víctima de una fulminante y tropical malaria.
Un devastado Bolívar jura no volver a casarse y escribe lleno de dolor:
“Yo la he perdido; y con ella la vida de dulzura de que gozaba mi tierno pecho conmovido del Dios de Amor… el dolor un solo instante no me deja consuelo”.
Vuelve a París en 1804 el apesadumbrado joven y se sumerge en la vida de las cortes y tertulias. Allí entabla relación con Fanny Duvillars cuyo salón era frecuentado por prósperos hombres de negocios, políticos e intelectuales de la vanguardia de esa época, donde gobernaba Napoleón Bonaparte.
Se encuentra con su maestro Simón Rodríguez y prestos y presurosos emprenden viaje hacia Italia. Allí se genera la inflexión vital del genio de América plasmada en las inmortales palabras del Juramento hecho en el Monte Sacro de Roma:
“¡Juro delante de usted, juro por el Dios de mis padres, juro por ellos, juro por mi honor y juro por mi patria, que no daré descanso a mi brazo, ni reposo a mi alma, hasta que haya roto las cadenas que nos oprimen por voluntad del poder español!”
Nacía así el compromiso desde el alma de Simón Bolívar de comprometerse en alma, vida y corazón a la libertad de Hispanoamérica del yugo español que la oprimía. Ya nunca nada sería igual.
En 1807 llega Simón Bolívar a Venezuela y comienza de inmediato a su heroica conspiración. Ya para el 5 de julio de 1811 Venezuela declara solemnemente su independencia y soberanía.
Se inicia entonces una serie de aventuras y desventuras guerreras para Bolívar durante años que adquieren cénit cuando luego de la fulgurante Campaña Admirable es nombrado Libertador, para no despojarse de este glorioso título por los siglos de los siglos.
Dice un agradecido Bolívar a la municipalidad que le concedió el título de Libertador:
“…He tenido, es verdad, el honor de conducir en el campo de batalla, soldados valientes, jefes impertérritos y peritos, bastantes por sí solos a haber realizado la empresa memorable que felizmente han terminado nuestras armas. Vuestras señorías me aclaman Capitán General de los Ejércitos y Libertador de Venezuela: título más glorioso y satisfactorio para mí, que el cetro de todos los imperios de la tierra…”
Años después, las batallas de Boyacá, Carabobo, Pichincha, Junín y Ayacucho, consolidan el anhelo de Bolívar de una América libre de la opresión española y elevan su gloria a la enésima potencia. Y todo al mando de ilustres próceres latinoamericanos, y soldados y soldadas del pueblo, que no dudaron en ponerse a las órdenes del moralizador, creativo y lúcido comando de Simón Bolívar.
Luego de conocer nuevamente el amor con Manuelita Sáez; desgarrarse con la muerte del Abel de América, el Mariscal Antonio José de Sucre; ser héroe hazañoso de un millón de épicas; fundar las bases de un sistema político que proporcione la mayor suma de estabilidad política y felicidad posible; y sufrir el infortunio de la traición y la conspiración, Bolívar abandona este mundo físico un aciago 17 de diciembre de 1830 en Santa Marta, Colombia.
Hasta aquí una pincelada, tan rápida como insuficiente, de la labor señera del gigante de América. Una vida guiada por infinitos sentimientos de amor al prójimo, valentía personal y sabiduría infinitas, ejemplo para los pueblos del mundo de su tiempo y la eternidad.
Así dirige el Libertador una última proclama a los pueblos de Colombia que dibuja el talante de estadista y la superioridad moral, intelectual y humana de un hombre que se acerca a la muerte:
“Colombianos:
Habéis presenciado mis esfuerzos para plantear la libertad donde reinaba antes la tiranía. He trabajado con desinterés, abandonando mi fortuna y aun mi tranquilidad. Me separé del mando cuando me persuadí que desconfiábais de mi desprendimiento. Mis enemigos abusaron de vuestra credulidad y hollaron lo que me es más sagrado, mi reputación y mi amor a la libertad. He sido víctima de mis perseguidores, que me han conducido a las puertas del sepulcro. Yo los perdono.

Al desaparecer de en medio de vosotros, mi cariño me dice que debo hacer la manifestación de mis últimos deseos. No aspiro a otra gloria que a la consolidación de Colombia. Todos debéis trabajar por el bien inestimable de la Unión: los pueblos obedeciendo al actual gobierno para libertarse de la anarquía; los ministros del santuario dirigiendo sus oraciones al cielo; y los militares empleando su espada en defender las garantías sociales.
¡Colombianos! Mis últimos votos son por la felicidad de la patria. Si mi muerte contribuye para que cesen los partidos y se consolide la Unión, yo bajaré tranquilo al sepulcro”.
Así se despide el Padre de la Patria del mundo terrenal y comienza a andar Bolívar el héroe bienhechor libertador de la humanidad, cumpliendo así las hermosas palabras del inca José Domingo Choquehuanca le dedica en patriótica devoción:
“Con los siglos crecerá vuestra gloria como crece la sombra cuando el sol declina”.
Porque Bolívar, ya lo dijimos antes, es uno y es múltiple. Es él y todos nosotros. Es espada justiciera y mano extendida del amigo. Es padre y es hijo. Es espíritu de Latinoamérica y promesa de futuro para sus pueblos.
Y no es vano que Bolívar sea considerado el Padre de la Patria porque es un forjador de nuestra identidad latinoamericana. En su inmortal Carta de Jamaica el joven Bolívar explica el injusto y oprimido transitar de nuestros pueblos en las garras atroces del voraz colonialismo español:
“Barbaridades que la presente edad ha rechazado como fabulosas, porque parecen superiores a la perversidad humana; y jamás serían creídas por los críticos modernos, si constantes y repetidos documentos no testificasen estas infaustas verdades”.
Pero sin ambages, da cuenta de un amanecer de justicia como destino inexorable:
“El velo se ha rasgado y hemos visto la luz y se nos quiere volver a las tinieblas: se han roto las cadenas; ya hemos sido libres, y nuestros enemigos pretenden de nuevo esclavizarnos. Por lo tanto, América combate con despecho; y rara vez la desesperación no ha arrastrado tras sí la victoria”.
Porque la decisión jurada en el Monte Sacro ya era sustancia de un anhelo concreto en Simón Bolívar. Por eso exclamó:
“Yo deseo más que otro alguno ver formar en América la más grande nación del mundo, menos por su extensión y riquezas que por su libertad y gloria”
Sabe Bolívar, el blanco criollo que se politiza, que no somos europeos, americanos del norte, indios ni africanos, sino una mezcla dinámica que se potencia con la alquimia del mestizaje.
Lo explica, llamando la atención del Congreso, en el inmortal Discurso de Angostura:
“Tengamos presente que nuestro pueblo no es el europeo, ni elamericano del norte, que más bien es un compuesto de África y de América, que una emanación de Europa, pues que hasta España misma, deja de ser Europa por su sangre africana, por sus instituciones y por su carácter. Es imposible asignar con propiedad a qué familia humana pertenecemos. La mayor parte del indígena se ha aniquilado, el europeo se ha mezclado con el americano y con el africano, y éste se ha mezclado con el indio y con el europeo. Nacidos todos del seno de una misma madre, nuestros padres, diferentes en origen y en sangre, son extranjeros, y todos difieren visiblemente en la epidermis; esta desemejanza trae un reato de la mayor trascendencia”.
De Europa nos viene la lengua, la religión, las instituciones políticas y militares. De África nos llega la música, el sincretismo cultural y religioso, los ritos, la fuerza y la rebeldía cimarrona. De nuestro pueblo aborigen originario tenemos nuestra unión con la madre Tierra, nuestros mitos y creencias, y nuestro pensamiento colectivista cuya expresión es la amistad imperecedera y la solidaridad hecha cayapa o convite.
Somos una raza nueva que amalgama un nuevo ser humano. Fuimos, lo somos, el género humano que redimirá nuestra especie. Y Bolívar es el Prometeo que roba a los dioses el fuego de la identidad latinoamericana y la entrega a nuestros pueblos sedientos de un destino común en libertad.
Es Bolívar, por consiguiente, también la integración y la unidad latinoamericana. Sienta, estructura y manifiesta, recogiendo el testigo de sus antecesores patriotas, las bases filosóficas, políticas, jurídicas y culturales que dan cuenta de la histórica necesidad de compactación de Nuestramérica, como la llamó José Martí, el apóstol cubano de la libertad.
La idea de una gran nación que agrupara a los pueblos hispanoamericanos es así expuesta por Bolívar en su Carta de Jamaica:
“Es una idea grandiosa pretender formar de todo el Nuevo Mundo en una sola nación con un solo vinculo que ligue sus partes entre sí y con el todo. Ya que tiene su origen, una lengua, unas costumbres y una religión, debería, por consiguiente, tener un solo gobierno que confederase los diferentes estados que hayan de formarse; […] ¡Qué bello sería que el Istmo de Panamá fuese para nosotros lo que el de Corinto para los griegos! Ojalá que algún día tengamos la fortuna de instalar allí un augusto congreso de los representantes de las repúblicas, reinos e imperios a tratar y discutir sobre los altos intereses de la paz y de la guerra, con las naciones de las otras tres partes del mundo. Esta especie de corporación podrá tener lugar en alguna época dichosa de nuestra regeneración…”
Nos unía y nos une, razona Bolívar, el idioma castellano, la religión católica y las costumbres equivalentes. Pero más aún:
“…Esta América tiene por entero un objetivo unitario, de aquí que el afán de independencia y de progreso, así como la vocación de sacrificio por la libertad y por la paz, sean el denominador común de todos nuestros pueblos”.
Tratadistas e historiadores, como Morales Manzur, trazan 3 momentos específicos en la tarea ciclópea de Bolívar por integrarnos: 1) la Gran Colombia 2) La Confederación Hispanoamericana 3) La Confederación de Los Andes.
Sin embargo el sueño del genio de América fue sometido al asedio vil de los intrigantes y traidores que pautaban, como los Estados Unidos de Norteamérica y potencias europeas, que su desarrollo y expansión colonial y protoimperialista era favorecida por la desunión y el enfrentamiento fraticida entre las naciones hispanoamericanas.
Pero no aró en el mar el padre Bolívar. Hoy, en marchas y contramarchas históricas bajo el mismo signo del asedio imperialista hoy refinado en sus estrategias y tácticas, el Comandante Hugo Chávez junto con sus pares líderes latinoamericanos recogió el testigo y articuló un nuevo entramado institucional integracionista con iniciativas políticas, comerciales y culturales que dejan ver el palpitante empuje nuestramericano bolivariano por su autodeterminación e independencia. Tales son, entre muchas: Alba, Celac, Unasur, PetroCaribe y TeleSur.
Es también, en origen, un soldado nuestro Padre de la Patria. En enero de 1797, a los 13 años, Bolívar ingresa a la carrera militar para no abandonar nunca la profesión de las armas. Año y medio más tarde, asciende a subteniente y luego con el grado de coronel contribuye en 1811, bajo las órdenes del Generalísimo Francisco de Miranda, al sometimiento de Valencia. Comienza así una vida arriesgada que siempre caminó al filo de la muerte.
Cruentas batallas, duros combates y los rigores de la vida en campaña templarían su corazón para las terribles tareas de la guerra, siendo un soldado de la paz.
Cuando cae la segunda república y convoca a los descamisados y oprimidos a la causa de la libertad, inaugura la invencible unión cívico militar que hoy en día blinda nuestra soberanía y es la pesadilla de los aparatos trasnacionales del imperialismo.
No hay nada que atemorice más a los imperios que un pueblo en armas, alzado, movilizado y determinado a entregar su vida antes que entregar su independencia y libertad.
Fue Bolívar un militar brillante en el sentido clásico del término y sienta doctrina a través de brillantes estrategias de guerra y despliegues tácticos. Pero la diferencia abismal de nuestro Libertador con los grandes guerreros es esencial y gigantesca desde el punto de vista ético y humano: fue Bolívar y su ejército patriota –nosotros- soldados al servicio del pueblo sometidos al imperio de sus instituciones.
De hecho inicia el inmortal Discurso de Angostura mostrando inequívocamente la subordinación militar al poder popular y sus instituciones:
“¡Dichoso el ciudadano que bajo el escudo de las armas de su mando ha convocado la soberanía nacional para que ejerza su voluntad absoluta!”
Y asienta con fuerza:
“Un soldado feliz no adquiere ningún derecho para mandar a su patria. No es el árbitro de las leyes ni del gobierno. Es defensor de su libertad.”
Pero no nos equivoquemos al suponer a Bolívar como un servidor de las formalidades y ceremonias. Con una determinación que le exigió cada momento histórico, no le tembló el pulso para fusilar a los traidores, para firmar el Decreto de Guerra a Muerte o para castigar con la pena capital a los funcionarios corruptos. Porque estaba totalmente claro cuando dijo que:
“Las armas os darán la independencia, las leyes os darán la libertad”.
Todas las especialidades de la guerra de su tiempo fueron dominadas por el genio Bolívar. De hecho, aventajado en las maniobras manipulatorias de los medios al servicio de las oligarquías y claro en que la opinión pública es la primera de todas las fuerzas, funda El Correo del Orinoco para contrarrestar la mentira mediática que ya en ese tiempo florecía como expediente artero de quienes quieren someter los pueblos. No en vano, dándonos una lección magistral de lo que hoy manejamos como Guerra de IV Generación, Bolívar nos deja claro que:
“La imprenta es tan útil como los pertrechos en la guerra y ella es la artillería del pensamiento”.
Como genio militar Bolívar aplicó y desarrolló el principio de acumulación de fuerzas. En lo estratégico como soporte de masa para la victoria de las ideas libertarias y en lo táctico como principio militar. Por eso su incansable y vehemente llamado a la unidad del pueblo. Así lo expresaba ya asumía como destino manifiesto:
“La unidad de nuestros pueblos no es simple quimera de los hombres, sino inexorable decreto del destino”.
Y era la unidad, es, la fórmula virtuosa para el avance de los pueblos, clama el Libertador el 15 de febrero de 1819 en Angostura:
“Para sacar de este caos nuestra naciente República, todas nuestras facultades morales no serán bastantes, si no fundimos la masa del pueblo en un todo; la composición del gobierno en un todo, la legislación en un todo; y el espíritu nacional en un todo. Unidad, unidad, unidad, debe ser nuestra divisa”.
Para ir redondeando esta humilde aproximación al Genio de América, hemos de poner de relieve su fuerza ante el infortunio que ha hecho que la posteridad lo llame “El Hombre de las Dificultades”.
No ha habido vida más grande, más llena de sobresaltos, más ingrata y plena de adversidades que la de nuestro Padre de la Patria Simón Bolívar.
Llega al mundo el niño Bolívar, en cuna de mantuano bienestar material, pero queda huérfano de padre y madre antes de los 10 años. Empieza así el niño Simón, como brizna de paja en el viento, a dar tumbos enfrentando a personajes de distinta catadura moral y variopintas intencionalidades.
Y así fue su vida, un tránsito continuo de fenómenos adversos que, en vez de debilitar el carácter del joven díscolo, terminaron por fraguar en acero un espíritu invencible.
Siempre tuvo Bolívar, eso sí, la sensibilidad humana y la lágrima oportuna para llorar su viril dolor ante las desgracias personales o políticas.
Quiso la fatalidad, o ese espíritu perseguidor que hostiga a los seres superiores para llevarlos a la gloria desde las desgracias, que las dificultades, los enredos, el infortunio, las traiciones, se abatieran sobre Bolívar.
Vio morir Bolívar a su padre, a su madre, a su esposa, a sus amigos, a sus generales leales, a quien ocupaba su hamaca en la noche septembrina donde le tocaba morir y a miles de soldados en los campos de batalla, lacerados por el hambre o abatidos por las potentes enfermedades y carencias de la época.
Tan grandes tribulaciones sufrió el genio de América, que hasta le tocó vivir episodios trágicos y grotescos como el que refiere Bolívar a Santander en carta fechada el 26 de marzo 1820 en Tunja, donde da alarma de la muerte de 50 soldados por consumir chicha envenenada.
Célebre es también la respuesta del bravo Bolívar a los curas que atribuyeron el desolador terremoto de 1812 a un castigo divino, por alzarse contra Fernando VII. Porque el argumento de los clérigos realistas era redondo, desde lo mágico-religioso.
La Iglesia de entonces había documentado que el terremoto había asolado a las ciudades republicanas y no a los enclaves realistas, se derrumbaron fortines patriotas con miles de muertos de ese bando y el terremoto sucedió un jueves santo, entre muchas otras fatalidades que perjudicaron a los patriotas.
Pues Bolívar, gigante moral y espiritual, ácremente les espetó a los sacerdotes que sin piedad increpaban al pueblo por su “pecado” de querer ser libres:
“¡Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca!”.
O el episodio en Pativilca, donde Joaquín Mosquera pregunta a un postrado Bolívar:
“-¿Y qué piensa usted hacer ahora, general? Y este despojo humano, completamente abatido y con los huesos a flor de piel, avivando sus hundidos ojos, cuyos fulgores iluminaban un rostro teñido por una palidez mortal, contestó, “triunfar”.
Por eso en estos tiempos duros es bueno recordarle a los enemigos de la Patria que a Bolívar había que tenerle más miedo cuando sufría una derrota, porque era temible e invencible.
Hoy nosotros, sus hijos bolivarianos, enfrentamos nuevas batallas con la misma fuerza moral y ética de un pueblo que nunca se someterá a potencia extranjera ni a enemigo alguno.
Sea en el terreno de la economía productiva, el de la seguridad ciudadana, en la custodia de nuestras fronteras, y en el terreno que sea, como pueblo cabalgamos con la herencia de Bolívar para reeditar la gesta emancipadora que nunca terminará mientras esté al acecho un enemigo de la Patria.
Cerramos esta modesta alocución, con un poema del uruguayo Rubén Lena, titulado Simón Bolívar

Simón Bolívar, Simón,
Caraqueño americano,
El suelo venezolano
Le dio la fuerza a tu voz.

Simón Bolívar, Simón,
Nació de tu Venezuela
Y por todo el tiempo vuela
Como candela tu voz.

Como candela que va
Señalando un rumbo cierto
En este suelo cubierto
De muertos con dignidad.

Simón Bolívar, Simón,
Revivido en las memorias
Que abrió otro tiempo la historia,
Te espera el tiempo Simón.

Simón Bolívar, razón,
Razón del pueblo profunda,
Antes que todo se hunda
Vamos de nuevo Simón.

Simón Bolívar, Simón,
En el sur la voz amiga,
Es la voz de José Artigas
Que también tenía razón.

***
¡Qué viva nuestro Libertador Simón Bolívar!
¡Que viva la Patria!
¡Qué viva el Comandante Hugo Chávez!
¡Que viva el Presidente Nicolás Maduro!
¡Que viva el pueblo zamorano!

Muchas gracias.